
Frank es un ejemplo de persona, de elegancia, de serenidad, de calma. Esa tranquilidad en medio del fuego cruzado ha sido clave en los éxitos cosechados bajo su mando en el vestuario. Dos ligas y una Champions son logros importantes.
Pero, con todo, ese saber estar, esa tranquilidad, esa elegancia y esa compostura no le ha servido para adelantarse a los acontecimientos. La gloria aturde y emborracha, la gloria, sobre todo si se magnifica hasta el paroxismo, tiene riesgos enormes. Por eso, es casi más difícil organizar desde el triunfo, corregir errores desde la victoria que hacerlo desde el fracaso, aunque igualmente esto último tenga su duro trabajo.
En su momento, el Barça confió en un hombre que era casi cada día un ejemplo en los gestos, un modelo en la gestión del grupo. Pero en el vestuario empezaron a aparecer los vicios, que luego fueron extendiéndose como la pólvora. Jóvenes inmaduros y con dinero, sin exigencias, propias y ajenas, sin ambiciones, porque ya habían sido cubiertas, empezaron a mostrar sus debilidades y empezaron a quemar su futuro.
Frank, coherente como pocos, como nadie, no quiso sacar el látigo, no empleó la mano dura. Porque Frank no es así y no iba a traicionar su forma de ser, su carácter. Intentó desde su autenticidad reconducir el vestuario. Imposible, porque además la suerte no le acompañó. Con un poquito más de suerte hubiera salvado el cada vez más grande escollo. Pero para encontrar la suerte tenía que haber mentalidad, como él dice siempre, el trabajo correcto, como repite una y otra vez. Pero, aunque él no lo diga nunca, por defender a sus jugadores, esas virtudes apenas han aparecido en estas dos últimas temporadas, sobre todo la que acaba ahora.
Se va el Hombre Tranquilo, el ejemplo del fair play y del buen rollo, se va la antitesis del exasperante Van Gaal, que tantos conflictos generó. Se va el hombre que dirigió la nave para conquistar la segunda Copa de Europa. Frank ha dejado huella y no merece que acabe en el ojo del huracán por muy revuelto que esté el patio. Vale, no supo reconducir la situación, pero tampoco recibió demasiada ayuda.
Aún recuerdo cuando las declaraciones de Eto'o en Vilafranca el club, su presidente, no actuaron bien y dejaron que el camerunés campara a sus anchas sin que se le tapara la boca con una conveniente multa o declaración institucional rotunda.
Fue un momento clave. Y allí el entrenador no tuvo el respaldo que necesitaba. Luego, creo, intuyo, que fue perdiendo el control y también, un poco, el ánimo. Se sobreponía a las circunstancias difíciles: su principal estrella abandonándose a la juerga, el barómetro del equipo dejándose llevar, el pilar de la defensa gastando permisos y utilizando el puente aéreo casi cada día; el egocéntrico francés recién llegado exigiendo posiciones y que jugaran para él. Permisos, retrasos de vueltas de vacaciones, grupitos, desunión y Frank intentando mantener la compostura. Y desde dentro oyendo las bombas caer casi cada día desde las rotativas, desde los micrófonos.
Sin saber cómo, trataba de sacar fuerzas de flaqueza, mantenía el tipo incluso en situaciones casi humillantes como saber que ya tenían preparado el relevo justo antes de ir al Bernabéu. Ni siquiera allí, los jugadores quisieron homenajear a un tipo que les ha dado de todo, que ha confiado en ellos, que en momentos de gloria se ha apartado para no restarles protagonismo y que en momentos de crisis ha aparecido él como escudo de todas las balas. Qué injusticia, pero así es el fútbol y así es la vida. La confianza pagada con traición de unos jóvenes famosos y con dinero. Suerte Frank, te la mereces.

